El movimiento de defensa de los derechos de los animales no es cosa de ahora. Quien se dé un paseo por Madrid un Domingo de Ramos por la mañana podrá asistir al funeral que un numeroso grupo de defensores de los animales escenifica todos los años. Es algo verdaderamente tétrico: un desfile con ataúdes, fotos de animales torturados y horribles sonidos de mataderos.
Para salir corriendo. Quienes llevan denunciando los ensayos clínicos con animales, su uso en los circos (y su confinamiento en los zoológicos) y el abandono de mascotas (entre otras cosas) lo han hecho de una manera muchas veces sorda pero constante. Incluso un grupo de personalidades, agrupadas bajo la denominación “Proyecto Gran Simio”, pretende extender a éstos algunos derechos de los que gozamos (supuestamente) los humanos. La oposición a las corridas de toros es tan vieja como la tauromaquia. Hay que admitir, con todo, que en estos momentos la cosa está en boca de todos debido a la reciente decisión del parlamento catalán sobre la “Fiesta Nacional”.
Pero ¿tienen derechos los animales? He aquí el núcleo de la cuestión. Ya los antiguos griegos introdujeron una separación básica entre lo natural (“physis”) y lo social (“nomos”). En el primero sólo rigen las leyes de la naturaleza, necesarias e inapelables, mientras que lo segundo, en cuanto que construcción humana, se caracteriza por la convencionalidad de las normas y los modos de vida. Los derechos pertenecen al mundo del “nomos”, de lo social. No hay “derechos” en la naturaleza. En realidad, ni siquiera hay una idea de lo bueno o lo malo, de lo bello o lo horroroso. Estas son ideas que pertenecen a nuestra cultura y sobre la que los humanos ni siquiera nos ponemos de acuerdo. Una puesta de sol no es bella en sí misma, es lo que es; es nuestra sensibilidad la que lo ve de esa manera. Si partimos, además, de que el concepto “derecho natural” (tan del gusto de la iglesia) es una contradicción en sus propios términos y de que el género bíblico poco puede aportarnos hoy en día ¿cómo enfocar esto?
A lo largo de los siglos la civilización occidental (prefiero ceñirme a ésta para no complicar más aún el tema) ha ido desarrollando códigos normativos que han tratado de regular la vida social, algunos hechos a medida de los poderosos y otros (los menos) pensando en el bien general. Después del periodo ilustrado comienza a extenderse la idea de que el ser humano tiene unos derechos inalienables. Tras muchos avatares, en 1948, la ONU aprueba la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Esto fue el resultado de un largo y complicado proceso de debates, polémicas y, finalmente, acuerdos. No hubo (que se sepa) injerencia divina ni se dedujo de ninguna ley natural.
Se ha dicho que una sociedad con un alto grado de progreso moral ha de ser justa y (con perdón) compasiva. Debemos, prioritariamente, luchar en pro de que los Derechos Humanos, que se encuentran bajo mínimos, lleguen al mayor número de personas posibles en cualquier rincón del planeta. Paralelamente este trato compasivo, esta extensión de derechos, en la medida en que la ciudadanía y sus representantes consideren que también constituye un progreso moral indudable, puede y debe extenderse a los animales. En cualquier caso será fruto del debate y del consenso. Que un parlamento haya llegado a la conclusión de que la Fiesta de los Toros debe ser prohibida (al margen de otras consideraciones políticas), puesto que constituye un claro ejemplo de maltrato animal, no deja de ser simplemente un acto democrático. Es cierto que en este caso se da un conflicto con una tradición cultural y una actividad económica. Pero la democracia está antes que otras consideraciones, y más si ésta viene acompañada de una exposición de argumentos y un debate sereno. Ya existen leyes que protegen a los animales y que regulan nuestro trato con los mismos y a muy pocos se les ocurre pensar que esto es un disparate.
¿Tienen derechos los animales? Tienen los derechos que los humanos queramos que tengan. Y el hecho de que se los atribuyamos nos hará, sin lugar a dudas, mejores personas.
Damián Marrero Real
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