LAS BUENAS PRÁCTICAS
Normalmente, cuando nos referimos a las habilidades sociales, tenemos en nuestra cabeza una serie de comportamientos adecuados que nos ayudan a resolver cualquier tipo de conflicto interpersonal.
Y cuando decimos que es necesario enseñar habilidades sociales a alguien, nos referimos a determinadas conductas deseables para una convivencia pacífica y eficaz en el seno de un grupo. Se dice que alguien tiene buenas habilidades sociales cuando es capaz de arreglar un problema con otra u otras personas evitando que le arrebaten sus derechos de forma no agresiva. Se trata entonces de un enfoque tradicional centrado únicamente en la conducta sin tener en cuenta las habilidades cognitivas (pensamiento) que están en la base de todo comportamiento, ni de la escala de valores de las personas relacionadas con el juicio moral y con el fin que persigue una acción determinada, al igual que tampoco hace referencia a las emociones inseparables e inherentes a la condición humana. No obstante, existen numerosos manuales de habilidades sociales que sólo se centran en el comportamiento y en enseñar conductas concretas, específicas y bien definidas, como es el caso de la mayoría de programas norteamericanos como el del profesor A. Goldstein en el que se detallan más de cincuenta habilidades sociales distintas graduadas desde las más simples y básicas (escuchar, dar las gracias, pedir un favor o formular una queja) a las más complejas (negociar, responder al fracaso, encajar una crítica, …).
Sin embargo, el hecho de que las habilidades sociales sean un conjunto de componentes entrelazados (cognitivo, moral, conductual y emocional), no le quita importancia a la conducta misma. El comportamiento de una persona es lo que se ve y lo primero que nos llega en una relación de comunicación. ¿De qué sirve que una persona sea capaz de identificar la causa real de un problema, vea diferentes maneras de solucionarlo, sea capaz de ponerse en el lugar del otro, etc, si luego no es capaz de presentar una queja ante alguien? Estaríamos igual que el que está sacando el permiso de conducir y ya se sabe perfectamente todas las normas de circulación y del funcionamiento del coche, pero cuando se sienta al volante no sabe hacer absolutamente nada. ¿Y cuál es la solución para eso? No hay otra: la práctica. A tener un comportamiento adecuado y asertivo* solamente se aprende poniendo en práctica nuestra conducta, lo que quiere decir, en muchos casos, a equivocarse y a rectificar. Cuantas veces alguien nos ha pedido un favor, o nos ha pedido perdón, o nos ha dado las gracias por algo y no nos termina de convencer. La conducta engloba tanto la comunicación verbal como la no verbal (la mirada, los gestos, la postura corporal) y si ambas no son coherentes y no están en consonancia, no llevan al éxito. De ahí la importancia de entrenarnos en ellas.
Bien es cierto, volviendo al ejemplo de aprender a conducir, que cuando nos ponemos por primera vez al volante ya tenemos muchísimas experiencias personales de ver a numerosas personas conduciendo. Sabemos que los pedales se pisan con los pies, que el volante se agarra con las manos, que la palanquita que está a la derecha se usa para cambiar de marchas, etc. Lo hemos visto muchísimas veces. Hemos tenido muchos buenos “modelos”. Pero, y aquí viene la gran pregunta, ¿cuántas veces hemos visto comportarse correctamente y asertivamente a alguien pidiendo disculpas, o haciendo un elogio, o dando las gracias? Y lo que es más preocupante, ¿suelen tener nuestros niños y nuestros jóvenes “buenos modelos” en su aprendizaje en su entorno próximo, en la familia, en la televisión, entre sus compañeros, en el colegio? Lamentablemente, una buena parte de los chicos y chicas que suelen presentar problemas de conducta en los colegios e institutos no han tenido buenas experiencias personales en este sentido. No disponen de buenos modelos en habilidades sociales. Si una sociedad (familia, medios de comunicación, lugares de ocio, deporte, escuela, etc.) no es buen modelo para su descendencia es necesario revisar profundamente este tinglado. Algo no va bien. ¡Houston, tenemos un problema!
*La asertividad es una estrategia de comunicación que se ubica como punto medio entre dos conductas opuestas: la agresividad y la pasividad (o no-asertividad). Los especialistas la definen como un comportamiento comunicacional maduro en el que el sujeto no agrede pero tampoco se somete a la voluntad de otras personas; en cambio, expresa sus convicciones y defiende sus derechos..
José Antonio Mesa Hernández
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