Sobre coraje civil,
destinos, y aletas
de goma
El 26 de diciembre por la tarde, Eva y Patricia tomaron la decisión de pasar la tarde haciendo fotos en Punta Teno. Ambas habían llegado desde Viena días antes para disfrutar juntas sus vacaciones en Tenerife, en la casa que la familia de Eva posee aquí desde hace largo tiempo ya. El día estaba espléndido.
Un sol radiante alargaba lentamente las sombras de la tarde y extendía sobre el mar una inquieta vestimenta de centellas. El viento olía a espuma, a sal y a libertad. Era el día ideal para un paseo; para caminar, para contarse cosas, para llenarse de luz y aire puro. Tampoco se veía mucha gente, lo que complace mucho a un fotógrafo amateur como Eva: Podría llevarse mil imágenes del faro, de los acantilados, de los remolinos danzantes del viento, ¡y todo eso sin intrusos!... esos invasores que suelen meterse, sin quererlo, en las fotos que traemos de las vacaciones.
Unas horas antes, el 24 por la noche, Frederik cenaba en familia y miraba de soslayo hacia los paquetes que rodeaban el árbol navideño. Ya intuía lo que podía contener el suyo -y hasta creía saber qué recibirían de regalo sus hermanos Christian y Hannes-, pero esto no le calmaba la ansiedad por levantarse de la mesa al fin y despellejar sin más contemplaciones el paquete que traía su nombre. Debió esperar. Hasta el fin de la cena, hasta después del postre. Así era la costumbre en la familia desde mucho antes de mudarse de Alemania, de Munich, al Valle de la Orotava.
Los Lerke son gente piadosa. Y solidaria. El día 26 padres y hermanos resolvieron aprovechar el buen tiempo para salir celebrar el aniversario de bodas, a tomar aire, a charlar, a evaluar este tiempo transcurrido desde que llegaron a vivir a Tenerife... ¡y a probar las nuevas aletas que Frederik recibiera de regalo en Noche Buena! Cargaron entonces las mochilas, los Snorkels, algo para masticar cuando dé hambre, y también las aletas de todos los mayores para poder acompañar a Frederik en su inmersión de debutante. Optaron por Punta Teno: El agua es traslúcida, casi siempre se ve tranquila y hay ollas lo suficientemente profundas como para no aburrirse pasados los primeros cinco minutos...
Eva y Patricia no los habían visto llegar. O tal vez los Lerke ya estuvieran allí cuando ellas aparcaban a pocos metros del faro el coche que les alquilaron en el Puerto de la Cruz. No importaba demasiado, para Eva había llegado el momento de las fotos. Debía apurarse un poco porque se estaba levantando una brisa molesta y el mar parecía estarse agitando más y más a medida que trascurrían los minutos. Trepó por aquí y disparó, y por allí y disparó, y “ponte allá, no, acá, a la luz...” Patricia respondía con morisquetas, se acomodaba el pelo y pensaba que igual ella en las fotos nunca salía como quería... Eva enfocaba, medía, encuadraba y disparaba. Con la luz; contra la luz.
Mientras tanto, el viento se volvía severo y el mar se estaba encabritando. Todos lo sentían aunque no era aún para inquietarse demasiado. Los muchachos habían terminado de cambiarse y comenzaron a buscar un sitio adecuado para su ansiada aventura submarina... detrás de su padre caminaron hacia la orilla aletas en mano, mientras alguno dudaba ya de si no dejarlo mejor para otro día, que el oleaje parecía haberse vuelto algo amenazante.
Eva lo notó también. Pero “había esa perspectiva del faro que no quería perderme; desde ahí, desde esa plataforma donde suele haber pescadores...” Las olas crecían, “pero por una buena foto yo..., me pueden pasar muchas cosas. Patricia me lo advertía, que ella es mucho más prudente que yo que me suelo sentir muy segura porque sé que nado bien.” ... Cuando vio venir la ola, Eva supo que era tarde. El temor de ser aplastada contra la pared rocosa la hizo largar de golpe todo lo que traía en las manos -cámara incluida- y aferrarse con brazos y piernas a un poste oxidado como último recurso de salvación: “Todo se oscureció. Sentí cómo toneladas de agua me tapaban por completo presionando mi pecho contra ese poste de hierro oxidado. La sensación de asfixia era agobiante. Esperé. Abrazada esperé a que remitiera la ola... ilusionada con salir corriendo cuando cediera la presión. Pero no fue así. La ola volvió al mar succionándome con ella, arrancándome, y rompiéndome la piel con el óxido del poste que amarrara con todas mis fuerzas. Miré en derredor y vi que estaba ya a varios metros de la costa. Luego, tuve un instante para tomar aire y ver cómo, de pronto, se abalanzaba sobre mí una segunda ola, más grande, enorme, enorme... Permanecí lúcida y atiné a zambullirme para que no me enrollara y arrojara contra el muro de rocas afiladas. Lo logré. ... Cuando volví a emerger, Patricia, desde la costa, sólo veía de mí un minúsculo punto en la distancia.”
Para entonces los Lerke ya estaban en marcha. Hannes acordaba con su padre sobre la táctica que los llevaría hasta Eva, por dónde entrar al agua, qué rodeo dar para evitar que una corriente les pudiera complicar el salvataje. Christian, el mayor, se imponía sobre el más pequeño para que aceptara quedarse con la madre en la costa: Que también había que llamar por auxilio, prever que algo pudiera salir mal... Casi media hora después, los tres llegaron hasta donde estaba Eva: “Por suerte estaba tranquila -cuenta Viktor-, casi parecía de buen humor. Se lamentaba por la cámara y un anillo perdidos, y por pesarnos demasiado con la ropa mojada. Fue una víctima ejemplar. A la hora larga, estábamos todos secándonos, exhaustos pero dichosos en la orilla.”
Había llegado el momento de las presentaciones. De abrazarse con esos nuevos desconocidos íntimos y agradecer que estuvieran allí, equipados con las imprescindibles aletas sin las cuales el rescate hubiera sido imposible. Dos Guardias Civiles llegaron, hicieron sus averiguaciones y partieron. Eva hurgó en los bolsillos empapados y “por suerte estaban las llaves del coche: ¡un problema menos! De regreso podría conducir Patricia. Viktor nos propuso reunirnos el domingo en el Puerto, en la iglesia evangélica escandinava para escuchar misa. Aceptamos. Y aunque hacía décadas de que no pisaba una iglesia, allí nos volvimos a encontrar.”
Carlos Lingenfelder
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