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SABER PERDER - por José Antonio Mesa Hernández PDF Imprimir Correo electrónico
Nº 20 Febrero 2010 - Apuntes

La gran mayoría de las personas hemos crecido y aprendido cosas de la vida a consecuencia de una gran cantidad de experiencias de fracaso. Siempre hubo una primera vez en que no éramos el niño más querido, el primero o único que recibía regalos, el que no era elegido para jugar al fútbol o a los cromos, el que no formaba parte del equipo titular, el que no era el más fuerte del grupo, el que no era el más guapo de la clase, el que no era el mejor alumno, la primera vez que formamos parte del grupo de los suspendidos, el que, después de mucho trabajar no aprobaba la asignatura, el que se quedaba sin salir, sin cine, o sin jugar con los amigos porque había que ir a otro sitio, el que no tenía tanto dinero como algún amigo del barrio o del colegio y no podía disponer de esto o aquello...


Y así, muchísimas otras cosas más que nos iban situando en el conjunto de las personas normales o también llamado “del montón”. Cierto es que esto se alternaba con experiencias de éxito que paliaban los pequeños desafueros a los que el devenir de la calle nos sometía. Así, aprendíamos a guardar nuestro turno, a ponernos en situación de aquél que no obtenía el éxito, comprendiendo que a veces se consigue lo que uno se merece, alimentando así nuestra autoestima, y a veces no se conseguía sin más. También comprendíamos que el éxito se alcanzaba después de un cierto tiempo de trabajo, que no había que desfallecer al primer intento fracasado, a posponer un premio prometido, viviendo así en carne propia el concepto de paciencia y el del esfuerzo. En términos psicológicos, aprendíamos a tolerar la frustración.

Hoy en día, uno se detiene a contemplar la cantidad de depresiones infantiles que, cada vez aumentan en número y en intensidad según los datos epidemiológicos en psiquiatría. Lo mismo ocurre con la frecuente aparición de casos de violencia infantil, de abandono escolar a edades tempranas o el abandono de trabajos recién conseguidos por chicos y chicas jóvenes. Probablemente, me atreva a hipotetizar que no se está educando a tolerar la frustración. En este tiempo, ligado a un estilo educativo sobreproteccionista en auge, en el que profundizaremos en algún artículo posterior, y, probablemente, a la poca cantidad de hijos que se tienen en las familias además de -por qué no decirlo- a la aparición de nuevas figuras de cuidado como son los “abuelos-papás” sustitutos de los padres en horas de trabajo, los niños y niñas crecen en un ambiente de continuo éxito, de numerosos premios que vienen dados sin apenas esfuerzo, en consideraciones perpetuas como centro de atención por parte de toda la familia, etc, etc. También, la sociedad de bienestar y el avance de medios y recursos tecnológicos, les ha proporcionado una vida de comodidades sin quiebra ni dolor. Ahora todo sale a la primera, siempre se consigue éxito, siempre papá y mamá se lo arregla o se lo reemplaza, siempre hay seguridad total.

Seguridad en que nunca me sale mal, en que no me equivoco nunca y que siempre soy el más guapo, el más listo, el más fuerte, el que no le falta de nada y el que más dinero tiene para todo. De ahí, que a la primera de cambio en que cualquier mínima cosa de estas no se consiga, se abandone, se violente, se denuncie al maestro o a los padres, se caiga en la depresión, se genere un ataque de ansiedad, crisis de angustia o, en el peor de los casos, en el suicidio. Y cuando más tiempo se viva en este paraíso universal del éxito y fantasía del paraíso perenne, más dura será la caída, más trágico el desenlace de la situación. Se me ocurre pensar si esto tendrá que ver con el aumento de casos de violencia de género a edades cada vez más tempranas. No en vano, son los varones a los que, según los datos al respecto, se suele proteger más en las primeras edades, aunque yo añadiría que, tal y como cuentan muchas jóvenes, esta circunstancia se prolonga hasta edades más avanzadas.

Quizás, debemos plantearnos si será que muchos de los problemas de nuestros jóvenes, entre ellos el fracaso escolar, se solucionarían si se volviera a educar a nuestros niños en tolerar la frustración, que no es otra cosa que aprender a que no siempre se tiene éxito y que, en la mayoría de la veces no se es el mejor, y que esto está reservado sólo para muy pocos y que el éxito se alcanza después de muchos fracasos y derrotas. ¿Será entonces que la escasa tolerancia a la frustración puede ser el detonante de piscopatologías galopantes y precoces, de conductas violentas en las parejas, en el deporte, en la familia, en la escuela? Por el momento, no estaría mal que los niños lloren cuando se consigue algo, que se queden sin premio cuando no han hecho lo correcto, que guarden el turno cuando no han llegado los primeros, que se busque otra novia cuando aparece otro más guapo y más listo. Que se llore, que se espere, que se siga intentando. Es bueno aprender a sobreponerse, a levantarse solo, a buscar otra salida. Eso les hará más fuertes para el mañana, a pesar de lo que opine papá y mamá que siempre les querrán mucho.

José Antonio Mesa Hernández

 

 
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