Como cada mañana a esta misma hora, Luis abre en internet esta misma página de mierda para enterarse de los chismes, ataques y rumores sensacionalistas con los que quedan satisfechos tanto sus instintos más morbosos como las ganas de vomitar del periodista reprimido que nadie sabe quién es, porque nunca da la cara, tal vez por algún miedo desconocido o simplemente por vergüenza de lo que puedan pensar sus compañeros de gremio, dadas la bajeza y la falta de credibilidad en que ha caído últimamente.
... Luis lee con perplejidad uno de los primeros titulares y pincha para ver la noticia completa en una ventana secundaria que tarda bastante en cargarse. El texto, con bastantes incorrecciones ortográficas y gramaticales y un estilo ruin por lo mordaz y enrevesado, hace referencia al asesinato de Rita H. en medio de una pelea entre neonazis y redskins, durante una manifestación convocada por cierto partido de extrema derecha. Luis, sorprendido y extrañado por los datos, hace memoria durante un segundo y abre en otra pestaña del navegador el periódico local del día anterior que recoge la misma noticia de agencia, sólo que esta vez con una “ligera” diferencia, y es que Rita H. apareció muerta en su bañera con señales de haberse electrocutado con el reproductor de música.
Bastante afectado por la brutal tergiversación de los hechos, Luis decide que, al ser Rita la amiga de su amiga Sara, es su obligación aclarar las circunstancias simplemente por respeto a la difunta, a quien conoció en persona y de oídas como mujer dulce y adorable. Es lo mínimo que podría hacer por ella ahora que está muerta, por lo que busca por todas partes entre las ingentes dosis de chismografía, pero no encuentra un responsable con nombre y apellidos a quien enviarle un mensaje para solicitar la rectificación, salvo aquella dirección de correo electrónico.
En un piso no muy lejos de allí, un periodista de mediana edad, vestido apenas con unos calzones de elefantitos rosas, permanece absorto ante un portátil mugriento en el que hay, junto con su chanchullitodigital.net, dos páginas más, abiertas simultáneamente. El cenicero rebosa colillas humeantes por sus cuatro costados, amenazando una de ellas con quemar el mantel de la mesa de la cocina-sala del breve cuchitril que le da cobijo, el único que se puede permitir tras probar suerte como empresario y saltar a la fama por una demanda de impago y extorsión a una de sus trabajadoras más abnegadas, una conocidísima y reputada periodista, quien consiguió sacarle con la sentencia judicial el embargo de buena parte de sus bienes.
La cuenta de correo que tiene abierta, alojada también en el mismo dominio que su chanchullitodigital, es la que ha llamado gerencia, por simple deducción: si él mismo es “gerente”, en recuerdo de sus años infructuosos de empresario de la comunicación -aunque también redactor, maquetador, editor, fotógrafo y otras tareas afines sencillas de realizar en la era del corta y pega-, la cuenta tiene que llamarse por narices “gerencia”. A esa cuenta un tal Luis Lozano le ha enviado un correo avisándole de que la noticia sobre la muerte de Rita H. ya fue publicada en otra versión radicalmente distinta y solicitándole la rectificación de los datos.
El periodista abre la página señalada en el correo del tal Luis Lozano y comprueba que efectivamente ha metido la pata, por obra y gracia de alguna interferencia en la emisión del canal policial o tal vez por algún fallo en la emisora que adquirió de segunda mano a un radioaficionado jubilado y que puso a funcionar, ahorrándose los ciento y pico euros de la licencia.
Mientras engulle distraído un resto de pizza de la oferta tres por dos de los miércoles, por un momento hace recuento en su memoria de la cantidad de veces que, como en esta ocasión, al oír por la frecuencia de la policía comentar un suceso, se lanzó en plancha a redactar obcecadamente una noticia falsa, tan sólo dejando volar su imaginación, sin contrastar los datos, saltándose a la torera la ética periodística y el respeto a la profesión que tantas muertes y torturas ha costado en el mundo de la información. También le pasan por la cabeza consecuencias desagradables debidas a sus errores de cálculo o a chivatazos mal dados, como aquella vez que recibió una paliza por meter las narices en un asunto de narcoterrorismo. Pero piensa que de algo hay que vivir y de algo hay que morir y tan pronto entra un indicio de culpa en su razonamiento, éste es pasado por el tren de lavado y devuelto con el ropaje impoluto de “el fin justifica los medios”.
De pronto tocan a la puerta y abre los cinco cerrojos precipitadamente. Marina, dándole un beso en la mejilla, se quita la chaqueta del traje y la dobla cuidadosamente, dejando a la vista la solapa con el pin corporativo. Regresa desabrochándose los botones de la blusa y se le cuelga del cuello mientras le susurra al oído “Cariño, tengo una horita antes de reunirme con la directora de un colegio de monjas agustinas…”
Camy Domínguez
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